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Última del Año

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¿Y usted quién es?
Por: José Ruíz Mercado
No se cierran ciclos. Son pequeños momentos, como un alto en el camino, que
nos permiten la reflexión, nos llevan a espacios, en ocasiones poco revisados por
nosotros. Instantes de descanso.
Las culturas primigenias nos enseñan esto de los círculos a seguir. Por eso en
todas nos topamos con rituales similares. Las estaciones del año, cada una, tiene
un referente. La primavera da la cara al Sol; el verano se cimbra con la lluvia; el
otoño da la pauta a la espera pasiva; el invierno es la esperanza a un renacer en
primavera. Cada una con sus colores, sus sonidos.
Cada etapa del año tiene sus propios símbolos. Sus descansos, sus trabajos,
una manera peculiar de acercarse, de convivir, de decirle a la naturaleza aquí
estoy, por ti, contigo.
El invierno, con su frio, con ese asunto gozoso llama al fuego. Y un tañer de
cuerdas, ahí, frente a la cazuela, a la taza caliente con café, o por lo menos un té
de hojas de alguna planta, o de un árbol.
Estar en conjunción con la naturaleza, en la esperanza de que, el día de mañana
sea de abundancia, de plenitud, amistad con todos los seres vivos, porque
mañana continuamos el camino.
Ahí está el viajero que somos nosotros, todos en la paz, la concordia. Todos
iguales con una misión particular, el trabajo en colectivo donde la esperanza de
romper con el rumor de la indolencia jamás llegue a la discordia.
Somos viajeros, caminamos cada uno a un ritmo, algunos se adelantan, otros se
contienen, observan, deleitan su mirar con encantos pequeños, tenues, al fin
viajeros.
Cuando en las antiguas regiones los ancestros se sentaban alrededor del árbol
más frondoso de la comarca a admirar la luna, a revisar la fogata benefactora de
calor, colocaban en ese árbol lo más deseado para el siguiente, para la primavera
ansiosa de llegar.
Los mayores comentaban con historias, posiblemente ciertas o no, las
promesas, la manera de lograr los objetivos del grupo. Más de alguna ocasión
eran llamadas de atención hacia los fallos. Los más jóvenes se encargaban de
mantener el fuego, y los pequeños preguntaban el color del universo.
Luego, la reflexión del camino ¿En qué momento llegó la discordia? ¿En qué
momento el acto gozoso se dio en el martirio del otro? ¿En qué momento se
pensó en la superioridad del uno sobre el otro?
La historia de las culturas se transforma. Seducción de unos, rendimiento de
otros, para terminar el viaje, dar vueltas sobre el mismo eje como volantín de feria,
muchas luces y cero avance.
No se cierran ciclos, no, se adelantan los procesos, se vive en la falacia del ser
superior, de la minimización, de los retrasos en la visión del mundo confundidos en
lo aparente.
Y viene la reflexión. Una mujer, La Quilla, de quien se dice haber sido, luchadora
social, talento, creatividad, poeta, caballeranga, rejoneadora, pero, por ser mujer,
no recibió herencia de su padre.
No se cierran ciclos, al contrario, siguen presentes, un alto en el camino en
donde la reflexión nos lleva a límites. Pudiéramos crecer, pero las fallas sociales
nos lo impiden.
La Quilla, su vida, sus anécdotas, la obra de José Santos Navarro, se publicó
este año por Editorial Ariadna, el esfuerzo en el camino de los libros de Catalina
Miranda.

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