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Cien años

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¿Y quién es usted?
Por: José Ruíz Mercado

Ahora sí, amigo mío. Sentémonos a reflexionar. Cien años es poco ¿Usted
cree? No parece. Equivocarse es de humanos. Reflexionar acerca de la
equivocación, también. No reflexionar ya es terquedad.
Sentémonos para iniciar el ritual. Un buen café amerita este mes ¡Cuántas cosas!
Una vez se habló de la guerra sucia. De la persecución de las ideas. De una
dictadura a otra. Del cierre, o su intento, de evitar el pensamiento. Se dejó el dolor
en las heridas.
Leí hace un rato acerca del momento fallido. Del odio y el resentimiento alejado
de lo humano, humanamente humano. No es para más. Cien años cumplió este
mes y todos lo recuerdan.
Los años del setenta marcaron un proceso para un nunca más (el país del nunca
jamás al revés) Se llevó al silencio, nadie deseaba recordar las tanquetas en la
calle, ni la policía secreta. El silencio vino. Muchos no lo recuerdan ¿Usted lo
recuerda, amigo mío?
Fueron tiempos álgidos, de reflexión, de posiciones extremas, nadie lo deseaba,
pero era necesario hacerle frente. Los movimientos contestarios emergieron con
sus personajes, algunos olvidados.
Enrique Cisneros, Ballesteé, José Agustín, Natera, Cosío Villegas, Juan
Bañuelos, Oscar Oliva, Jaime Augusto Shelley, nombres, nombres; personajes
que hicieron frente a circunstancias, problemáticas. Desencuentros. Los años
setenta y sus consecuentes.
Los cambios en la mente dejan huecos tan grandes como esos baches en las
calles de ciudad mal diseñada, peores los rellenos, peores la circunstancia. La
necesidad de olvidar supera la crisis.
Todo cambia, todo. Deja un hueco en la boca del estomago como un día feriado
de celebración religiosa (Jueves de Corpus) Algo se debe lavar una y otra vez, nos
lo dicen en Roma, ese filme de controversia.
La música se hizo presente, y ahí estuvo Briseño, y ahí se hizo los contestarios
del canto nuevo, que no era tan nuevo, pero algo tenía que hacerse. Algo.
Y los analistas políticos en la entrada a los oscuros pasillos del poder con El
Estilo Personal de Gobernar, o el grito arrollador de No Queremos Apertura,
Queremos Revolución, o los estudios del movimiento estudiantil. Porque eran
años de militancia.
De eso no hace mucho. Apenas si unos cincuenta años. Pero fue un momento
crucial para las conciencias. No todas. La derecha continúo ejerciendo su doctrina
a pesar del cuestionamiento (y ya ni se acuerda)
La poesía tuvo su parte. Los personajes y su obra comentaron este país de
olvido, de discrepancia. Hugo Gutiérrez Vega, Jaime Sabines, Efraín Huerta y
hasta Octavio Paz.
El teatro tomó su parte. Obras con un contenido claro y revelador. Nadie podía
estar al margen. Nadie. Quien callara se hacía cómplice. Así son los tiempos de
una guerra no declarada, pero presente.
Se dijo. Se cantó. El mundo de alguna manera, muchas veces sin pensarlo, se
volvió solidario: Paco Ibáñez, Blas de Otero, Gloria Fuerte, Gabriel Celaya
(maldigo la poesía de los que no toman partido, escribió Celaya), Zitarrosa y otros
pensadores de su momento. Los años setenta dejaron una herida tan profunda
que aún no sana.
¿Qué se siente, señor presidente, cumplir cien años sin que nadie quiera
pronunciar su nombre?

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