Daniel Lomeli

Cotidianidad en la carga humana
Cada día, la ciudad despierta bajo un mismo ritual que se repite sin cuestionarse una rutina que consume la vida y el tiempo de las personas: filas interminables, camiones saturados y rostros cansados esperando un servicio que no mejora. El transporte público se ha convertido en el símbolo más claro de la carga humana
cotidiana, donde millones de personas viajan apretadas, sudando tiempo y paciencia, avanzando lentamente hacia destinos urgentes.
En el Área Metropolitana de Guadalajara, pese a que más de 3.1 millones de personas dependen de este servicio a diario y se registran picos de hasta tres millones de viajes en días de alta demanda, muchos usuarios reprueban la calidad del servicio y reportan rutas mal planeadas, largas esperas y saturación constante, con trayectos que se vuelven una prueba diaria de resistencia.
Aunque los datos oficiales reflejan esfuerzos por mejorar la seguridad (como la disminución de hasta 71% en los percances y 40% en las muertes relacionadas con el transporte público durante la actual administración estatal, así como periodos de 30 días sin siniestros fatales) estas mejoras aún coexisten con la percepción de
deficiencia en la cobertura, accesibilidad y calidad general del servicio.
El problema no radica solo en números, sino en la experiencia cotidiana: camiones que llegan tarde, van llenos y no respetan el tiempo ajeno; y mientras el precio técnico del pasaje se ajusta al alza (con una reciente tarifa aprobada de hasta 14 pesos por viaje que, mediante subsidios, busca quedar en 11 pesos con la Tarjeta Única), muchos temen que el incremento no se traduzca en mejoras reales para el usuario.
El trayecto, que debería ser un medio, se transforma en una prueba diaria de resistencia que se acepta como normal. Pese a estas cifras y esfuerzos gubernamentales, el transporte público y sus costos siguen impactando con más dureza a quienes viven en las periferias y no tienen otra opción que adaptarse a un sistema que les cobra cada vez más por menos.
Esa es la verdadera carga humana: personas obligadas a adaptarse a un sistema ineficiente que, aunque vital para la vida cotidiana, parece evolucionar más lento que la propia ciudad que pretende servir.
La ciudadanía avanza ,pero su gente sigue detenida entre filas ,retrasos y cansancio normalizado. El trasporte dejó de ser un servicio y se volvió una carga diaria que se acepta sin cuestionar no importa el esfuerzo anunciado o las críticas oficiales ,la realidad sigue siendo la misma para la gente que no tiene otra opción. Al final la cotidianidad lo resume todo : se paga más por viajar peor
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