
Cuando la violencia sexual empieza demasiado pronto
Observando
“Cuando el Estado no protege a las niñas y adolescentes, la violencia aprende que puede continuar”
Guadalajara, Jalisco.- Que México aparezca entre los países de América Latina con más mujeres víctimas de violencia sexual antes de los 18 años no debería sorprendernos, pero sí avergonzarnos. El reciente comunicado de UNICEF y la OPS (Organización Panamericana de la Salud), fechado el 26 de enero de 2026, vuelve a poner sobre la mesa una realidad que preferimos no mirar de frente: la violencia sexual contra niñas y adolescentes es estructural, cotidiana y profundamente normalizada.
No hablamos solo de violaciones. Hablamos de intentos, de tocamientos “minimizados”, de acoso disfrazado de broma, de amenazas sexuales, de cuerpos expuestos y fotografiados sin consentimiento. Violencias que muchas veces no llegan a una denuncia porque ocurren en casa, en la escuela o en espacios comunitarios
donde el agresor tiene nombre, rostro y poder.
El daño no termina en el momento del abuso. Se prolonga en el silencio obligado, en la culpa impuesta a las víctimas, en la desconfianza hacia las instituciones y en un sistema que sigue preguntando “por qué no habló” en lugar de preguntarse por qué nadie la protegió.
La violencia sexual contra niñas y adolescentes no es un problema privado sino de carácter público porque es una violación grave de derechos humanos fundamentales.
Mientras el Estado no garantice prevención, educación sexual integral, canales seguros de denuncia y justicia efectiva, seguirá siendo cómplice por omisión.
Proteger a las niñas y adolescentes no es un gesto simbólico ni una consigna para campañas. Es una deuda urgente. Y cada día que pasa sin saldarla, la violencia y la impunidad sigue aprendiendo que puede repetirse sin consecuencias.
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