La peluquería

GOURMET VINTAGE

Víctor Vish Fernández

Los días de ir a la peluquería cuando era un niño, eran de mis favoritos. Mi padre me llevaba por la calle Álvaro Obregón, en el centro de Guadalajara, a la vuelta de la tienda de ropa “Rayo”, era donde mi padre compraba sus camisas «Medalla», la marca que él usaba.

Aún con nuevos modelos de negocio, algunas peluquerías tradicionales sobreviven en el centro tapatío

Era llegar al lugar y tomar asiento, seleccionar una revista o periódico del día, mientras que las charlas de todo y nada se agudizaban en temas de política y futbol.

Las revistas que tenían en dos mesas, una en cada extremo del local, era la de Proceso, Siempre, Quehacer Político, y no podía faltar la Alarma, esta publicación de nota roja con fotos impresionantes sin censura, o como le decía uno de los peluqueros «el sociales de mi colonia»; de periódicos El informador y El Esto, que me gustaba mucho por su color sepia. Otra de las cosas a destacar del lugar eran los carteles de la Plaza de Toros El Nuevo Progreso y en la mayoría aparecía Pedro Gutiérrez Moya «El niño de la Capea».

Llegaba el turno, mi padre pasaba al sillón, mientras que él decía cómo quería el corte, era justo momento para tomar la Alarma sin que se diera cuenta. El señor que hacía el aseo del lugar, constantemente barría el lugar, al ver lo que hacía cuando iba, comenzaba él a hacer su trabajo, de esa forma me ayudaba a no ser descubierto. Además que tenía una gran habilidad para propiciar el debate acalorado. Ese día no fue la excepción, al decir en voz alta y sin titubeos que las Chivas tenían el Pajarito adelante y el Águilas tenían el Pajarito atrás, esto a referencia de los jugadores Jaime Pajarito y de Prudencio «el Pajarito» Cortés. Y los caballeros que estaban ahí se convertían en expertos en deportes, que minutos después, también eran grandes politólogos, abordando temas no solo locales, nacionales, sino también internacionales, y desaprobaban la invasión a las islas Malvinas.

Era mi turno, iba al sillón, con volumen bajo se escuchaba un acetato con la música de Javier Solis: «Llévame si quieres, hasta el fondo del dolor, hazlo como quieras

por maldad o por amor…» Minutos después el peluquero sacaba su navaja, y en un cinto de cuero le daba filo para hacer los últimos recortes, después de una gran botella toma la loción que te aplicaba y ardía como limón en cortada. Siempre al salir íbamos a la vuelta a comprar cerveza de raíz, de un expendio que te la servían en bolsa con popote. Caminando a la terminal de el camión mi padre me dijo una de sus múltiples frases: «hay que saber administrar los días de la vida, la reencarnación nadie la asegura, y si ya somos feos, no nos demos el lujo de ser pendejos». En su momento no la entendí, pero hoy les puedo asegurar que mi padre era un filósofo de la vida.

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