¡Gol gana!

GOURMET VINTAGE

Víctor Vish Fernández

Por cuestiones de trabajo tuve que visitar una zona periférica, una colonia que aún no cuenta con con pavimento, las calles de tierra y banquetas improvisadas por los habitantes del lugar. Llegué a una tienda que se llama: La Glorieta, le pregunté por qué ese nombre, al no ver ninguna cerca, y en un tono campirano me dice la señora, «¡ya ni la burla perdona don!… y ese charco que parece laguna, que todos los carros que que pasan tienen que dar la vuelta como vil glorieta, ¿a poco no lo vio?» La risa no se hizo esperar, tanto mía como del proveedor de pan que se encontraba, hasta olvidé que me llamara don. Destape la bebida que había comprado mientras observaba unos niños que difícilmente llegaban a los 10 años. El que traía la playera del Barcelona con el número 10 de Lionel Messi, sentado en el balón les decía, tenemos que entrenar y jugar, para poder ganarles a los de la otra calle. La respuesta de otro niño, con playera de un partido político ya traslúcida por el uso, fue contundente: «¡uy que miedoso!, nosotros somos mejores. Además hasta tenemos porra y ellos no». Un par de minutos bastaron para recordar esas batallas campales en el campo de futbol mientras cursaba la primaria, y el sueño de ser participe en el prestigioso torneo: «Mundialito Bimbo».

Esas viejas calles poco transitadas de Guadalajara donde los infantes jugaban las ‘cascaritas’.

Cuando solo bastaba dos piedras para hacer una portería, las reglas eran fáciles y contundentes: «no valen goles arriba de la rodilla», «tres goles y va la reta», «al gol se quitan las playeras los contrarios» y siempre existía uno que decía: «no valen cañones» (disparos fuertes). Y sin importar lo disparejo del suelo, comenzaba «la cascarita de fucho». A veces con balón, a veces con pelota, cada uno de nosotros adoptaba a su ídolo, por supuesto que yo era Hugo Sánchez y en otras ocasiones Juan Carlos Vera que llegó a jugar con el Atlas. Algunos en la playera viejita blanca con marcador escribíamos el nombre y número de la estrella del balompié en ese momento. No importaba el clima, si llovía se disfrutaba más, te barrias y te ibas haciendo patitos, zig-zag. Y si llegaba a pasar la niña que te gustaba, trabas de hacer la jugada de lujo, un túnel, una rabona, una chilena o algo para que usar a tu favor ese momento de gloria. Aún a sabiendas que en la siguiente jugada te darían leño por la exhibición, o como se decía, por cremoso. Llegaba la noche y se escuchaba: «¡Gol gana!». Y llegaba el tiempo de dar el extra, si ibas perdiendo, era el momento de tu segunda oportunidad, no importaba si la diferencia era de más dos o tres tantos en el marcador, «¡gol gana!»; una anotación y te llevabas la gloria, si eras tú el anotador pasabas a ser ese héroe momentáneo, donde todos te daban un abrazo y una felicitación por tu logro. Tal gloria terminaba cuando llegabas a tu casa, el regalo de tu mamá por llegar enlodado, pantalón roto de esa barrida que salvó a tu equipo; te mandaban a bañar y te daban un Mejoralito para evitar que te enfermaras, después la cena. Y discretamente mi papá me preguntó, mientras mi madre lavaba los trastos: “¿Metiste gol?, ¿ganaron?” Y una sonrisa fue mi respuesta esa noche.

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