Palabras temporales

Por: José Ruíz Mercado.

De verdad. En verdad. Vamos a tomarnos un café, charlemos. Los mejores
días crecen con un buen café entre amigos. Ya lo sé, estamos en un momento
crítico. Lo mejor es quedarse en casa. Para eso están las redes sociales.
Preparo mi café y tú haces lo propio. La charla se pondrá buena.
Ahora sí. Cada uno en su máquina del tiempo. Vivimos la edad de la visual.
De la tecnología. Podemos charlar a la distancia. Lo único faltante es el aroma
de sendas tazas de esa otra vitamina: El café.
La edad de lo visual. Incluso hubo un tiempo cuando parecía que la poesía
iba a dejar de tener palabras. La imagen era lo prioritario. Recuerda, por
ejemplo, los poemas visuales de Octavio Paz, bajo la consigna de la estructura
tipográfica.
Y que decir de ese otro libro, clásico por excelencia La Escritura en Libertad,
o los poetas neoyorquinos, o los españoles en ese juego visual, ahí en donde
la frontera entre las artes se rompe. Y se rompe en serio ¿Hasta dónde es
gráfica de un buen cartel publicitario?
La poesía en los setenta dio eso. Recuerda El Golpe Avisa, de Héctor
Manjarrez, de editorial Alacena, con su secuencia entre un poema y otro. Y es
que esa secuencia, como buenos hijos de la televisión, la añorada nana de
transistores, tan cercana, tan idealizada desplazando al padre ausente que fue
el radio.
Lo visual como excelencia. La escenotecnia con todo su lenguaje. Con toda
su poesía, su movimiento. Como una pieza dancística, como una caricia, otra
dimensión entre el maquillaje vestuario y el manejo de atmósferas.
Un buen concierto es visual con toda su maquinaria. Una fotografía es un
remanso, un filme un concierto. La teatralidad presente. El otro extremo de lo
poético.
En el extremo de lo poético, en el extremo de la investidura entre lo visual y la
palabra; o entre la visión visual tipográfica, o entre la musical de la investidura
de lo escrito, el 2010 aparece en Málaga, un libro, un libro que invita a la
lectura, así, la lettere presente.
Sí, en el extremo Dante Medina, José Brú y Francisco Peralto se lanzan a lagran aventura de reunir en el siglo de la imagen a poetas mexicanos con
españoles en un libro con más de trescientas páginas.
Inician con Raúl Renán, el poeta de Mérida, el mexicano yucateco, y le
siguen con Atellier Bonanova, español, de Oviedo, España, y le siguen autores
con esa revisión de la imagen, de la palabra.
El libro, un juego, una caricia: OJOS QUE SÍ VEN, un título travieso. Un título
de búsqueda y encuentro. Revisión a la frase popular mexicana “ojos que no
ven, corazón que no siente” Aquí fue otra, la contraparte, los ojos que sí ven, la
otra propuesta.
Y nace el libro, Con poetas de aquí y del otro lado del mar, o del mar más allá
de aquí, porque ahí está Renán de Mérida, ahí está ese bastión de la tierra. Ahí
el libro de este siglo, de la velocidad y el encanto.
Valió la pena este café virtual. Este café a la distancia. Usted dirá si no.
Hicimos el viaje entre la teatralidad y la poesía. Ya hablaremos en otra ocasión
de danza, de teatro, de novela, ya hablaremos. Usted dirá si no es benéfico
este charlar con su yo interior. Y dicho sea de paso. Cómo me gustan los

acentos. De verdad, en verdad, tomemos un café a cualquier hora. Veamos
esa imagen del conejo juguetón.

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