Cupido en casetes

Víctor Vish Fernández

El amor en tiempos de los casetes era pasar gran parte del día esperando a que en la radio sonara la canción que querías dedicar, apretar dos botones y cruzar los dedos para que el locutor en turno no hablara antes de que terminara la canción. De esta forma se grababa para tener tanto el lado A como el B con las rolas que usarías para conquistar a la dama. Después de cuatro días quedó lista la cinta y una carta, por cierto la perfumé, teníamos que hacer la cursilería completa. Respire hondo, en mi mente repetía una y otra vez «es hoy, hoy la veo». Una vez perfectamente peinado con «super punk», un líquido azul que dejaba tu cabello tan tieso como una escobeta; tome mi ‘Walkman’ (radio casetera portatil), la bicicleta, que por cierto era una Vagabundo azul, y me dirijo a su casa, a unos cinco minutos pasando la primaria.

A mediados de los años 80 en estos casetes grababan música que transmitía la radio
Foto: Archivo

Conforme avanzaba llegaban mensajes de instinto de supervivencia, ¿y si sale el papá a abrir? o ¿Si sale a abrir el hermano?, quien tenía fama de ser bueno en el intercambio de golpes. Llegué a su casa y con una moneda toque a la puerta; la mamá le grita para que salga a abrir y frente de mí estaba Beatriz, ojos verde en tono soñadores, nariz respingada, su piel blanca rosada, cabello lacio güero; quisiera decir que la saludé con mi voz más varonil (bueno, varonil de 10 años), pero era más parecido al gallo Claudio, le entregué el casete, la carta y un chocolate Carlos V, los aceptó, me dio un beso en la mejilla, se metió a su casa. Me terminé un Frutsi y lo atoré en la llanta trasera de mi Vagabundo, para que sonara como un motor, uno de esos que te lleva al triunfo en el amor. La tarde el sábado solo pensaba si ya habría escuchado la cinta, si le gustaron las canciones, el domingo no cambió lo pensaba, pero ya me imaginaba tomado de la mano de ella. Llegó el lunes y la hora de ir a la escuela, bien bañado y peinado, y con la suficiente cantidad de perfume. Dejé la mochila en el butaca, y la esperé a la entrada. Peinada con un gran moño rosa llegó y cuando esperaba el saludo, solo escuché el reclamo de que por mi culpa había sido castigada y no quería saber más de mi. Mi postura gallarda se desvaneció, no tuve hambre, llegué a casa con un dolor en el corazón, a punto de una depresión intensa, mi mamá me hablo a cenar, dije que no tenía hambre, a lo cual ella encontró la solución que siempre le funcionaba para todo, en verdad, hasta para alinearte los chakras, me refiero a la chancla, y por magia cené e incluso pedí más chocolate para acabarme el pan.

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