Observando

Cultura de paz: Infancias sanas, seguras y felices
Guadalajara, Jalisco. Esta mañana, en Zapopan, un niño de apenas dos años fue encontrado solo, abandonado en una banca de una gasolinera. La escena duele profundamente. Duele imaginar sus ojos buscando un rostro conocido, sus manos pequeñas abrazando el vacío y el silencio de una infancia que, en lugar de sentirse protegida, quedó expuesta a la incertidumbre y al abandono.
No es solamente una noticia más. Es un llamado urgente a mirar el estado emocional y social de nuestras comunidades. Porque cuando una niña o un niño queda abandonado, nos habla de un padre y una madre quizá desbordados emocionalmente o con violencia familiar, nos habla de familias fragmentadas y de una parte de la humanidad deshumanizada.
La Organización de las Naciones Unidas ha sostenido que toda infancia tiene derecho a la protección, a la salud, al bienestar y a crecer en ambientes seguros y libres de violencia. Sin embargo, la realidad nos confronta diariamente con historias donde esos derechos siguen siendo vulnerados.
Hablar de cultura de paz no puede quedarse en discursos o conmemoraciones. La paz comienza cuando una infancia es cuidada. Cuando alguien escucha. Cuando una comunidad no es indiferente. Cuando las instituciones responden con sensibilidad y responsabilidad. Y también cuando aprendemos a detectar el dolor silencioso que muchas familias atraviesan.
Las infancias sanas necesitan amor y estabilidad emocional. Las infancias seguras requieren adultos presentes y redes de protección reales. Las infancias felices necesitan sentirse vistas, importantes y abrazadas por su entorno.
A veces pensamos que la violencia solo se manifiesta en los golpes o en las agresiones visibles. Pero también existe en la omisión, en la indiferencia, en el abandono emocional y social. Una banca vacía convertida en refugio momentáneo para un niño de dos años nos obliga a preguntarnos qué estamos dejando de atender como sociedad.
Quizá aquel pequeño no recuerde en el futuro el color de la gasolinera, el sonido de los motores o el rostro de quienes lo auxiliaron. Pero la sociedad sí debería recordar este momento como una advertencia: ninguna infancia debe crecer sintiéndose sola en medio de un mundo lleno de adultos.
La cultura de paz implica actuar antes de que el dolor se convierta en costumbre. Implica fortalecer la salud mental, acompañar a las familias, construir comunidades más humanas y recordar que ninguna infancia debería crecer sintiéndose sola.
Hoy, ese niño abandonado representa muchas historias invisibles. Y quizá el mayor desafío no sea solamente rescatarlo de una banca, sino rescatar como sociedad nuestra capacidad de cuidar.
Porque proteger la infancia es proteger el futuro. Y donde una niña o un niño encuentra amor, escucha y dignidad, también nace la paz.
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