Por Anguie Diaz Barriga Ilustración Alejandra Venegas

Cansados pero exitosos: la mentira que nos vendieron
Vivimos cansados.
No como una queja aislada, sino como una condición casi permanente de la existencia contemporánea. El cansancio dejó de ser una señal de alarma para convertirse en parte de la rutina, del lenguaje cotidiano e incluso de la identidad. “No paro”, “ando a mil”, “no me alcanza el día” ya no advierten un problema: funcionan como carta de presentación. Estar agotados ya no preocupa; es válido.
Hoy, decir que se está cansado parece equivaler a decir que se están haciendo las cosas bien.
Nos enseñaron que descansar es perder el tiempo, que detenerse es rendirse y que dormir ocho horas es un lujo reservado para quienes carecen de ambición. Bajo esta lógica, mientras más ocupados estemos, más valemos, sin embargo, pocas veces se cuestiona en qué momento el esfuerzo dejó de ser una herramienta para convertirse en una exigencia constante, sin límites ni fecha de caducidad.
La romantización del agotamiento es una de las mentiras mejor disfrazadas de virtud, se presenta como disciplina, compromiso o pasión por lo que hacemos pero, en muchos casos, no es pasión: es un desgaste normalizado y lo aceptamos porque parece inevitable, porque “así es la vida adulta”, porque a todos nos pasa.
¿Pero realmente es normal vivir cansados todo el tiempo?
No se trata solo de una percepción subjetiva. En México, el agotamiento laboral es un fenómeno masivo. Estudios recientes indican que alrededor del 75 % de los trabajadores experimenta estrés laboral, y que casi una tercera parte lo vive de manera crónica, es decir, constante y prolongada (Universidad Iberoamericana, 2023). No hablamos de días difíciles aislados, sino de un estado permanente de cansancio. Otro dato resulta todavía más revelador: el 82 % de las personas que trabajan en México reconoce que el estrés laboral afecta directamente su vida diaria, desde problemas para dormir hasta dificultades para concentrarse o mantener relaciones personales (El Economista, 2024); aun así, seguimos tratándolo como algo normal, casi esperado.
El burnout (ese agotamiento físico, mental y emocional extremo) tampoco es una excepción. Se estima que alrededor del 75 % de los trabajadores en México lo padece, una cifra que coloca al país entre los más afectados a nivel internacional (Xataka México, 2023; Latam Gremial, 2024). Dicho de forma simple: la mayoría de las personas está cansada casi todo el tiempo.
Estas cifras no hablan de una moda ni de exageraciones generacionales, hablan de un problema estructural que impacta la salud mental, el cuerpo y la forma en que vivimos.
El cansancio ya no se esconde; se presume. En el trabajo, en la escuela, en redes sociales, jornadas largas, fines de semana ocupados, respuestas inmediatas a cualquier hora, todo indica que estar siempre disponibles es sinónimo de responsabilidad. Descansar, en cambio, genera culpa y a veces incluso vergüenza.
Aquí aparece una idea incómoda: no siempre estamos cansados porque amemos lo que hacemos, sino porque no sabemos cómo bajarnos del ritmo sin sentir que estamos fallando.
Este discurso no surge de la nada ya que funciona a la perfección para un sistema que necesita personas productivas, eficientes y, sobre todo, demasiado cansadas como para detenerse a pensar si el ritmo al que viven tiene sentido. Cuando el cuerpo y la mente están desgastados, cuestionar se vuelve un lujo.
Así, el cansancio se individualiza; si no puedes con todo, el problema eres tú, no te organizaste bien, no eres lo suficientemente fuerte, no tienes la disciplina necesaria. El sistema rara vez se pone en duda; la persona sí.
Con el tiempo, terminamos creyéndolo, competimos por quién duerme menos, por quién tiene la agenda más llena, por quién aguanta más. El agotamiento se transforma en una medalla invisible y cuando el cuerpo pasa la factura, lo minimizamos: estrés, burnout, cansancio acumulado; palabras suaves para una realidad que no lo es.
¿Desde cuándo trabajar duro equivale a destruirse?
Aun así, seguimos actuando como si ese fuera el precio natural del éxito,nos repitieron que todo sacrificio vale la pena, aunque casi nunca se aclare para qué, posponemos la vida en nombre de un futuro que siempre parece estar un poco más adelante, un futuro donde, supuestamente, sí habrá tiempo para descansar, disfrutar y vivir; pero ese momento rara vez llega.
Lo más preocupante de este modelo no es solo el cansancio, sino la reducción del ser humano a su productividad y se nos mide por lo que producimos, por qué tan ocupados estamos, por la rapidez con la que respondemos y rendimos; el descanso, el ocio, la pausa y el silencio quedan relegados, vistos como fallas personales y no como necesidades humanas.
Nadie puede vivir indefinidamente en estado de urgencia,y sin embargo, actuamos como si fuera normal, tal vez el problema no sea que estemos cansados y tal vez el verdadero problema es que ya no nos parece grave, ya que nos vendieron la idea de que estar cansados es triunfar y las compramos.
Pero quizá ya va siendo hora de dejar de presumir el agotamiento y empezar a preguntarnos, en serio: ¿por qué estamos tan cansados?
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